28 mar. 2011

¿Qué quieren decirnos Las Meninas de Velázquez?




Aunque azotada por el fantasma de la ruina económica, por una tenaz crisis demográfica y el debilitamiento del poder central, la España del sigo XVII ostentaba aún algo de la superioriad ganada al colonizar América. Se comportanba con nobleza, a pesar de que Felipe III, Felipe IV y Carlos II coleccionaban mediocridaes, aconsejados por una caterva de ineptos. España tenía la digniad del rico en desgracia, pero por sus venas corría el virus de la decadencia. Era la España de Diego Velázquez, pintor al servicio de la familia real, a la que retrató con el celo de un naturalista.


Velázquez, el retratista de nobles; Velázques el retratista de hilanderas, artesanos, campesinos, mendigos y borrachos que departen con Baco y Apolo, supo capturar el pulso de esa España capaz de alojar lo alto y lo bajo, la grandesa y la miseria, lo sublime y lo vulgar. ¿Cómo no producir una pintura en la que sólo hay espacio para la inquietud? ¿Cómo sustraerse de los signos de la crisis?


Un estuioso del Barroco dice que Velázquez creó en primera persona. Su iniciativa artística tradujo la experiencia sensorial en experiencia interior. No pintó lo que vio; pintó la corriente subterránea que permanece oculta a los ojos. En una de las salas del Museo del Prado de Madrir aguardan Las Meninas, realizadas en 1656, cuatro años antes de la muerte de Velázquez. Diez figuras ocupan el espacio. Una de ellas representa al mismo Velázquez pintando el cuadre ante el cual podríamos estar parados. Al fondo, un espejo devuelve la imagn de los padres de la infanta que aparece en primer plano. Las pinceladas, "manchas distantes", como describió Quevedo, transmiten la práctica de lo inacabado... y no por casualidad. El arte de Velázquez necesita la participación del espectador. ¿ O qué exigen las figuras de Las Meninas que clavan su mirada en nosotros?: ser cómplices, sumarnos a su factira, concluirlas, Bienvenidos al mundo de las apariencias, en el que no debemos dar nada por sentado. De otro modo, ¿el cuadro es la tela colgada o los espectadores que creen presenciarla? Este procedimiento, sorprendente cuando se juzga en perspectiva, corresponde a uno de los laboriosos descuibrimientos del Barroco. Que somos provisionales, que aguardamos a quienes darán el último toque son concpetso que trascienden la mera técnica del retrato. En cuanto abandonamos el Museo del Prado sabemos que el acto de ver se equipara al de crear.


Vía: Roberto Pliego; Grijalbo